La manipulación emocional en defensa de la eutanasia.
En estos tiempos tan confusos, donde la cultura de la muerte se viste de compasión para engañarnos, me ha llegado un vídeo que está dando vueltas por las redes: ese abrazo tan tierno entre una niña de siete años y su bisabuelo de 96, justo antes de que él muriera. El vídeo es precioso, la verdad, pero me preocupa cómo lo están usando. Muchos lo comparten para hablar de “muerte digna”, como si matar a alguien por piedad fuera un acto de amor. Y eso me revuelve el alma. Decir que acabar con la vida de un anciano o un enfermo es “un acto de amor”… qué palabras tan terribles, ¿no creen?
La Iglesia Católica siempre ha sido clara como el agua en esto. La eutanasia es un pecado grave, un homicidio. Lo dice el Catecismo sin rodeos:
«Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable. Así, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, cause la muerte con el fin de suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto debido al Dios vivo, su Creador» (CIC 2277).
No hay excusa que valga. Ninguna “buena intención” justifica quitarle la vida a un inocente. No es misericordia, es rechazar la Cruz. Recuerdo la carta Samaritanus bonus, de 2020 con la aprobación del Papa Francisco, donde dice sin tapujos: «La eutanasia es un acto homicida que ningún fin puede legitimar». Y tiene toda la razón: que alguien sea incurable no quiere decir que no merezca cuidados. Merece compañía, cariño, cuidados paliativos de verdad y, sobre todo, la presencia de Dios hasta el final.
Los últimos Papas lo han repetido muchas veces: «La eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos». Hablan constantemente de esa «cultura del descarte» que trata a los ancianos y enfermos como si fueran un estorbo. En vez de eliminar a la persona que sufre, eliminemos el sufrimiento con verdadera compasión.
Porque la eutanasia no solo mata a una persona, degrada a toda la sociedad. El Magisterio lo pone junto al aborto y el suicidio: actos que «deshonran más a quienes los cometen que a las víctimas». Y lo peor es esa pendiente resbaladiza que vemos en países donde ya es legal: empieza con casos “extremos” y consentidos, y acaba extendiéndose a depresivos, discapacitados, ancianos que se sienten una carga… Los números suben año tras año, y muchos terminan pidiendo la muerte porque se sienten presionados, no porque realmente lo quieran. Y en el colmo de la desfachatez les indican que incluso pueden participar en el proceso de donación de órganos.
Al final, la vida no es nuestra. Es un regalo de Dios. Solo Él decide cuándo empieza y cuándo acaba. El sufrimiento, ofrecido con Cristo, puede tener un sentido inmenso, redentor. San Juan Pablo II lo llamó en la Evangelium vitae una «grave violación de la ley de Dios». No nos dejemos llevar por la emoción fácil ni por vídeos lacrimógenos que manipulan el corazón: defendamos la vida hasta su último aliento natural, rodeándola de amor, de familia y de los sacramentos.
Que San José, el patrono de la buena muerte, nos ayude a todos a aceptar la voluntad de Dios con paz y a rechazar por completo la cultura de la muerte.
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